Sin destino claro el domingo pasado me fui al centro de la isla con dos checas como compañeras de viaje, que si bien, el compartir habitación con ellas durante 4 meses nos ha convertido en buenas amigas, cuando les da por hablar en checo, ni concentrándome. Ahora sí, el repertorio de tacos lo tengo bien aprendido y estaba dispuesta a soltarles un depardela curva fix bien dicho si le daban a la lengua eslava más de la cuenta.
Entramos en el templo principal para escapar de la riada de chinos que nos perseguían con sus cámaras y encontramos una escalera sin señalización. Y una vez más, entre que los carteles no abundan y que cuando hay no entendemos la mitad, el modo Indiana Jones se activó rápidamente y nos entraron unas ganas imparables de subir las tres plantas que comunicaba la escalera hasta llegar a la azotea.
Entonces, el Lago del Sol y la Luna brilló con más fuerza que nunca con sus tonos verdosos y azulados, con su abundante vegetación y con una espléndida vista de los tejados anaranjados de los templos.
Sin embargo, el tiempo de contemplación se vio empañado por una tormenta de verano, de las fuertes, que llegó sin avisar y nos obligó a correr hacia la parada esperando coger el próximo autobús público que se retrasaba cada vez más. Menos mal que el conductor de un autobús que iba a recoger al grupo de turistas que llevaba de ruta se apiadó de las guiris empapadas y nos llevó a nuestro destino sin pedirnos ni un duro a cambio.
Esta mañana nos hemos despertado temprano para disfrutar más horas de nuestro próximo destino: Miaoli y su Montaña de la Cabeza del León. La llegada ha sido complicada. Primero nos hemos equivocado de estación y cuando por fin hemos llegado, nos dicen que el siguiente autobús salía en una hora así que hemos optado por coger un taxi.
Seguimos unos pequeños escalones de piedra construidos entre la fronda y apareció otro templo aún más grande. Otra escalera, otro templo, y otro y otro, hasta un total de 6 templos escondidos entre los árboles, los arbustos, las plantas, las enredaderas, las flores, las mariposas, las orugas, las ranas. La naturaleza se imponía con toda su fuerza creando una atmósfera mágica, casi espiritual. Los templos se fundían con el entorno y la tranquilidad reinaba transmitiéndonos esa magnífica sensación de equilibrio.
Y así he llegado. Cansada pero con una inmensa sonrisa interna de paz y satisfacción. Indiscutiblemente, viajar por Taiwán sienta bien.

